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2 oct 2014

La política de la comunicación

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“Si no hay comunicación no hay ser humano”.

Este axioma proferido por el escritor cubano Franscisco Garzón Céspedes podría perfectamente extrapolarse a otros ámbitos más concretos. “Si no hay comunicación no hay política”, se sobreentendería si aplicamos la misma lógica. E incluso si vamos más allá podríamos preguntarnos: ¿puede existir el ejercicio de la política sin comunicación?

Desde luego, contemplamos atónitos cómo algunos responsables públicos, una vez alcanzado el poder local, autonómico o nacional, tratan de responder, con sus hechos, de manera afirmativa a esta pregunta. O intentan, en múltiples casos, limitar al máximo esa comunicación basándola en apología de sus actos y decisiones políticas.

No obstante, para la inmensa mayoría, la orientación de la comunicación y, sobre todo, de qué modo convertirla en eficaz para que sus mensajes cuajen y lleguen, en el mejor de los contextos posibles, a transformarse en memes (esas ideas o frases que ya forman parte de la memoria colectiva), constituye una parte fundamental del ejercicio del poder. También, desde luego o incluso más, de la oposición cuando los políticos se encuentran en ella.

Guiar la comunicación por los raíles más beneficiosos para sus actores supone toda una obsesión y un constante devanar de sesos. Para los regímenes totalitarios, con partidos que se eternizan en el poder, la comunicación de sus postulados, impregnada de constante propaganda, forma parte de su misma esencia. La exaltación del líder se cimenta en el suministro inagotable de datos –más o menos sesgados- sobre sus logros, los mítines multitudinarios que protagoniza, su cercanía al gobernado y un sinfín de escenas más que acomodan su figura en el imaginario colectivo de sus conciudadanos.

En los países democráticos ya no se trata únicamente de comunicar, sino de hacerlo de la manera más directa y creíble posible. El cargo público debe vender su producto, explicarlo y ofrecerlo con el mejor contenido para que el votante lo compre. Del mismo modo, el aspirante a ocupar ese escaño o acta ha de realizar una tarea paralela para consagrarse como alternativa.

Con el objetivo de lograrlo busca rodearse de expertos más o menos cualificados que ejerzan de brújula y que, con su pericia y capacidad de análisis, sepan captar la atención y, principalmente, la aprobación del consumidor final de esa información, de esos gestos, de ese discurso. En definitiva, de todo el mensaje –verbal y no verbal- que el político trata de comunicar.

La comunicación resulta consustancial a la política. Y la política trata de reconducir el conjunto de la comunicación emitida desde las más diversas fuentes hacia sus intereses. Con la intención de lograrlo busca influir en los transmisores, tanto en los propios medios de información como en aquellos actores con la relevancia suficiente para, con sus palabras o hechos, conseguir que miles de personas adopten una postura determinada.

A esta circunstancia se suma el hecho de que la comunicación no sigue unos parámetros matemáticos. Desde luego, tiene sus herramientas, reglas y funcionamiento. No obstante, a ellas suma unas facetas emocionales y coyunturales que condicionan su efectividad.

Baste recordar el origen del famoso ´We can´ de Barack Obama, que le lanzó de una manera espontánea una feligresa al salir de un oficio religioso. Hasta el más sesudo y consagrado asesor en comunicación hubiera firmado la autoría y, sobre todo, el éxito posterior de ese lema. Y su eficacia se debe, en gran medida, a que el afectado supo escuchar. Como recordaba el ensayista griego Plutarco, “para saber hablar es preciso saber escuchar”. En general, para saber comunicar.

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